Fushh....
La primera vez que le vio sintió el deseo irrefrenable de partirle la cara en dos.
Al tiempo, mucho tiempo después, entre paréntesis, bastó una sonrisa para besarse como dos enamorados que abren la puerta de la sabiduría. Como dos adolescentes recién decapitados al amor. Poco a poco, recreándose en las caricias. Recorriéndose con los ojos abiertos de par en par. Cerrados al roce de los dedos.
La primera vez se odiaron de tanto que se amaban.
Y jugaron el juego de sentirse sin siquiera tocarse. Mirándose en el otro con infinita complacencia. Descubriendo sus contornos entre la gente que solo era gente y ellos solo eran ellos. Tan iguales. Tan diferentes. Hubiera bastado una sonrisa para que se esfumaran los instantes sorprendidos en una sola mirada.
Fueron pasando los días, los meses y los años. Nada hacía presagiar que la separación les llevaría a encontrarse frente a frente como dos viejos amigos que no necesitan abrir puerta alguna para estar juntos. Como dos enamorados, de repente, como si nunca se hubieran odiado. Como si siempre hubiesen querido partirse la cara por no estar solos nunca más. Y decidieron no partirse el corazón.
No fuera a ser que un soplo de aliento les volviera a separar ya para siempre convertidos en pelusas que flotar eternamente en el aire viciado de la memoria.