Yo solo quería darme un paseo y charlar. De pronto me encontré frente a la barra de un bar hablando sin parar como si por mi boca salieran todos mis demonios exorcizados ante su presencia. Me hacía reír su voz de acento suave y melodioso. Yo solo quería hacerle compañía. Él me hacía compañía sin saberlo. Yo quería estar sola. Pero estaba con él como si estuviera sola, yo solo le hacía compañía. Podía mirarle a esos ojos grandes y limpios sin temor a ser descubierta. Poco a poco comprendía que no me importaba que me descubriera. Se habían terminado los disfraces. Nunca más una máscara. Nunca más una mentira. Mucho menos para mí. Estaba ya cansada de engañarme. De que me engañaran.
Yo solo quería ir con él aquella mañana de iniciar proyectos. Sin haberlo planeado le estaba apoyando en sus sueños que, de pronto, se habían convertido en los míos. Quizá ya eran los míos pero yo no sabía. No, yo no sabía qué pasaba. Pero lo dejaba pasar. En poco tiempo dejó de pasar el tiempo cuando estábamos juntos. Pero yo no quería más que estar con él. Y nada más. Y nada menos. Hablando sin parar dejando salir ya todos los demonios que salían para tocar la lira convertidos en dulces querubines cuando estábamos juntos. No tenía sentido seguir. No íbamos a ninguna parte. Pero no planeamos ir a ninguna parte. Al cine aquella noche.
Yo solo quería ver aquella película. Él solo me acompañaba como espectador. Y sin saber por qué nos cogimos de la mano. Como si fuera la primera vez que alguien, en el cine, se cogiera de la mano. Como si fuera la primera vez que una escena de miedo me obligara a esconderme entre su cuello. Como si fueran los primeros labios que encontraba frente a los míos. Como si fuera la primera vez que besaba.
Yo solo quería quererle. Yo solo quiero quererle. El tiempo se ha parado. Y sus ojos siguen descubriéndome y cubriéndome. No tenía sentido estar más tiempo separados. Y nada más. Y nada menos.
La quiso. Yo sé que la quiso. Como se quiere a la niña que un buen día encuentras a la puerta de tu casa convertida en mujer. Sin las trenzas, sin el uniforme del colegio. Con tanta fuerza que casi le parte el alma en una mirada. Pero él jamás jugó a partirle el alma. Se limitó a quererla contra su voluntad, contra su propia voluntad. La conocía tan bien. Le conocía tan bien. Siempre había estado allí. Con los brazos caídos a la expectativa. Sin preguntas. Con respuestas. Solo cuando era preguntada. Nunca hubo un reproche y él se reprochaba no hacérselos a ella. Quería que volara, pero le dejaba miguitas de pan en el balcón para que regresara. Yo sé que la quiso. Como se quiere la primera vez que uno descubre que se quiere: intentando huir de ella sin soltarla de la mano. Pero no podía permitirse ser vulnerable. Le dolía tanto amor en el cuello de la camisa. Que le ahogaba sentir que ella no asfixiaba. Porque ella también le quiso. Si, yo sé que le quiso. Con el placer recién descubierto de las caricias rellenas de ternura. Con la paciencia del horno que deja cocer la empanada en su interior. Para regalársela. Para comerla juntos. Para hacerle reír como no recordaba haber reído. Para verle llorar como un niño recién amanecido.
Se quisieron. Yo sé que se quisieron. Que fueron algo más que dos. Que fueron algo más que uno.
La enseñó a volar. Y le abrió las puertas de la jaula invisible. No quería marcharse. Tanto la quería que la obligó a marcharse. Tanto le quería que dejó que creyera que se iba.
Le dolía tanto amor en los botones de su abrigo.
¡Ay cuánto se quisieron! Sin reproches. Sigue habiendo respuestas. Solo basta una pregunta.
Tengo una chumbera en el balcón.
Una chumbera que crece como si le fuera la vida en ello.
Al principio era grande. El balcón. Y la chumbera tierna. Verde. Pequeña.
Como la puerta del Cine Colón.
Al Cine Colón se entraba por una puerta muy pequeña.
A la vida se entraba por una puerta muy pequeña. Tierna.
Y el mundo se hace grande, muy grande ante nosotras.
Todo el mundo tiene una prima Mari Carmen. Se llama Mari Carme y es, en cada caso y siempre, la prima que todo el mundo tiene.
La prima Mari Carmen. como la clave del suceso mágico que antecede el prodigio.
Como el anuncio del verano.
Como la alegría de sentirse viva.
Como la melancolía de un tiempo que pasó.
La vida va en autobús.
Pequeña. Tierna. Grande y con púas.
La vida.
Creciendo siempre la chumbera.
Sin Peter Pan.
Sin Campanilla.
Nunca pude atrapar a Campanilla. Y es que cuando, instantes, conseguí verla cerca, ocurrió que tenía las manos ocupadas.
Llueve.
Cuando llueve en otoño afloran todas las melancolías, irremediablemente y sin sentido.
Y he comenzado a compadecerme con infinita complacencia.
Tengo una chumbera en el balcón. Una chumbera que crece como si le fuese la vida en ello.
Tierna. Verde. Pequeña. Como la puerta por la que se va a la vida.
Para coger el autobús. O perderlo.
(fragmento del relato "Números Primos")
Cuenta la leyenda que los dioses la condenaron a vivir lejos del mar. Así la añoranza se haría presa en su corazón y viviría eternamente en la melancolía.
De poco sirvieron los truenos y los rayos. Tampoco el color de la luz en primavera.
No había tiempo para abrir paréntesis en una vida que corría por las calles como si le hubiesen puesto chinchetas en los zapatos.
Un día era el trabajo, ese del que se conoce la hora de entrada pero nunca la de salida. Aquí y allá. Una persona, otra, el reloj, la fatiga. Otro día de descanso. Otro el otorgar, otro el callar. Y siempre, siempre, siempre, la ocupación por pura disciplina.
Dejó de llover y sus campos acusaron la sequía, pero el desierto tiene mucho que ofrecer. El viento de Levante calentó su grupa y su joroba se alimentó del agua de un oasis soñado o, quizá, vivido en un espejismo lejano.
Cuenta la leyenda que los dioses llegaron a hartarse de tanta indiferencia.
El día era tan largo. La noche era tan corta. Despertar, caminar, respirar, un paso hacia delante, dos hacia atrás. Podría decir que se había convertido en piedra su corazón, pero es más exacto hablar de goma, una goma dura y resistente que rebotaba en el interior de su cuerpo donde, a la vez, todo chocaba para alejarse al instante.
Cuando nació, los dioses la tocaron con su manto. Eligieron para ella aquél lugar donde se pone el sol, allí donde se funden los colores para formar el Todo Único. La acunaron con salitre y arena; la cubrieron de algas y caracolas y la mecieron a la orilla de una playa inmensa abrazada por dos ríos pequeños.
Creció y vivió amparada por la sal. Pero al cumplir la edad de los mayores, se puso unos zapatos y se alejó del mar.
Cuenta la leyenda que los dioses la desenterraron para siempre jamás.
Y no tuvo tiempo de llorar.
La primera vez que le vio sintió el deseo irrefrenable de partirle la cara en dos.
Al tiempo, mucho tiempo después, entre paréntesis, bastó una sonrisa para besarse como dos enamorados que abren la puerta de la sabiduría. Como dos adolescentes recién decapitados al amor. Poco a poco, recreándose en las caricias. Recorriéndose con los ojos abiertos de par en par. Cerrados al roce de los dedos.
La primera vez se odiaron de tanto que se amaban.
Y jugaron el juego de sentirse sin siquiera tocarse. Mirándose en el otro con infinita complacencia. Descubriendo sus contornos entre la gente que solo era gente y ellos solo eran ellos. Tan iguales. Tan diferentes. Hubiera bastado una sonrisa para que se esfumaran los instantes sorprendidos en una sola mirada.
Fueron pasando los días, los meses y los años. Nada hacía presagiar que la separación les llevaría a encontrarse frente a frente como dos viejos amigos que no necesitan abrir puerta alguna para estar juntos. Como dos enamorados, de repente, como si nunca se hubieran odiado. Como si siempre hubiesen querido partirse la cara por no estar solos nunca más. Y decidieron no partirse el corazón.
No fuera a ser que un soplo de aliento les volviera a separar ya para siempre convertidos en pelusas que flotar eternamente en el aire viciado de la memoria.
No encuentro la razón. No me la pregunteis. ¿El calor? ¿La vuelta al trabajo? Me ha venido a la mente la dichosa cancioncilla de los "sanfermines", si, ya sé que voy con retraso, pero se ha instalado en mi cabeza como un martillo hidráulico - tocotó, tocotó, tocotó- y no para:
"Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril,
cinco de mayo, seis de junio, siete de julio San Fermín..." Hasta ahí bien, tiene su lógica. Como si fuera la cuenta atrás de los astronautas, pero hacia adelante, hasta que llega la fecha deseada. Si no, siempre nos vendrá bien para enseñar a los críos los meses del año...por lo menos hasta julio, luego con decirles que están de vacaciones, todo resuelto.
Mi gran cavilación llega en la siguiente estrofa:
"A Pamplona hemos de ir
con una bota, con una bota.
A Pamplona hemos de ir
con una bota y un calcetín".
Vale, a Pamplona, claro que si, allí está el santo que yo lo he visto. Además que nació allí el hombre y todo. Que si, que de acuerdo. Lo de la bota entiendo que de vino porque luego hay otra cancioncilla de la tierra que dice " a mi me gusta el pimpirripimpimpín, con la bota empiná parrapampampán..." Lo que no entiendo y me tiene a traspiés es lo del calcetín...¿tiene que ser solo uno? ¿sudado?
¡¡¡Ay, ay, ay....-como dice mi buena amiga Inma- que no puedo con mi vida y la llevo en el bolso!!!
Llega la noche. Y entre sus sombras juegan al escondite los deseos.
Si, estoy muy enfadada, muy pero que muy enfadada.
¿Por qué? Pues porque no entiendo muchas cosas de los humanos.
Cuando Francisco terminó el curso con excelentes notas, su madre, que es la mía, le regaló una bicicleta. Si, él a pesar de tener la edad de los que están locos por tener una moto y fardar con los amigos haciéndo el caballito no quería una moto. Su deseo era tener independencia para ir al instituto y no tener que depender de la tiranía de los horarios de los autobuses, ni de los precios abusivos que tienen los bonobuses. Quería un medio de transporte rápido y barato.
Desde que tiene su bicicleta ha sabido agradecer el regalo a diario, saliendo con amigos, realizando actividades...tan feliz estaba con su bicicleta que, en casa la subía hasta su habitación.
Apenas dos meses mal contados ha disfrutado de su vehículo: anoche, mientras cenaba con la familia de su padre, unos ideseables se la robaron en sus narices...así por la cara, porque les gustaba y punto. Porque estoy segura que no era para otro chaval que la necesitara para ir a clase. Estoy segura que no se trataba de un pobre crío al que nadie le pudiera comprar una bicicleta.
Si, estoy enfadada y recordando el código de Hammurabi...el palo lo llevo para darle en las manos a lo ladrones...no soy una perra violenta, ni ladradora, ni mucho menos mordedora...pero cuando tocan a los míos...cuando tocan a los míos....
He estado en Portugal...mira que era fácil. Siempre me habían dicho que el mapa de la Península Ibérica era una cara de perfil ¿no? Pues justo en la punta de la nariz está el Cabo da Roca, si, como dice el amigo Marfer, el punto más occidental de Europa.
En realidad he estado en una aldea dentro del Parque Natural Sierra de Sintra, en Ulgueira...una maravilla.
Allí todos somos "bemvindos" y los perros más que nadie, todos los vecinos tienen perros, más de uno, y todos son recogidos de las calles...he comprobado que existe un gran respeto por la Naturaleza en general.
En cuanto al lugar "romántico", pues claro que si, sin lugar a dudas: Sintra, un pueblo de cuento de Hadas y en Sintra, A Quinta da Regaleira...no podeis dejar de ir allí.
Esta es la Quinta...os lo advierto, un lugar mágico.
Mañana más fotos de la Quinta da Regaleira.
Está tan cerca o tan lejos como lo quieras ver.
Tiene frente, naríz y mentón.
Sus gentes son dulces y pausadas.
La primera vez que estuve allí me contagié de una enfermedad incurable: la saudade.
¡Bendita nostalgia que te obliga a volver una y otra vez!
En su Monte Sagrado se adora a la Luna.
Está llena de ríos subterráneos.
Y...bueno, mañana más....
¡Vamos a jugar!
¿Dónde he estado de viaje?
Pistas:
Justo sobre mi nariz, pero al revés...y no en la mía.
Tengo cuerpo de tango.
De cerrar los ojos y echar la cabeza hacia detrás, dejándome flotar protegida por tus brazos.
Tengo el cuerpo de tango.
De seguirte con las puntas de mis dedos en tus pies, que me traen, que me llevan. Girándo sobre ti. Girándo sobre mi.
Tengo el cuerpo de tango.
Susurro, roce de labios, clavel, horizonte que llama. Volver...
Si, serán solo unos días. Los justos para desconectar. Los necesarios para ver otros lugares y otras gentes. Respirar otros aires, aprender otros idiomas. Vivir otras vidas en mi propia vida.
¿Si? ¿A mi? Como siempre, o como casi siempre, me pillan por sorpresa.
Así, de sopetón, como quien no quiere la cosa. No, claro que no quería la cosa.
A mi amigo David primero le cortaron el pelo. No estaba bien visto. Pero lo hizo con estilo, con clase: en público, con luz y taquígrafos. Mejor dicho, en directo, en un programa de televisión. Pensaron que, como a Sansón, se le iría la fuerza. Equivocados, equivocados. Estos que dicen que dirigen, pero que en realidad dictan, están muy equivocados.
El pelo crece enseguida y siempre más vigoroso que antes.
Las mentes pensantes a las que les picaba el grano en el culo decidieron enviarle al Ostracón- al exilio para todos los públicos- y le alejaron de su Jeré de su alma. Sabían que lo que para unos hubiera sido un regalo, para él era todo un suplicio. Pero hete aquí que una vez más se volvieron a equivocar.
Le dieron un caballo desbocado y lo empezó a domar. Con arte, con poderío, pisando la vereda y dejando en el camino la huella de su herradura de la buena suerte.
Jjajjajajja ...ahora creen que le han cortado la cabeza. ¡infelices! No saben que su buena estrella es una estrella de mar, se reproduce por sí misma.....
Si una imagen....
...vale más que mil palabras...
Él es Bruno, mi hermano mayor.
Llega el verano y vuelven a mi cabeza las preguntas de siempre.
Llegan las vacaciones y, una vez más se repite la Historia.
He buscado entre los libros de las leyes de los humanos y no he encontrado ninguna que obligue a nadie a tener animales de compañía.
No entiendo, si la ley no obliga, por qué nos tienen en sus casas para luego tirarnos como si fueramos basura.
¿Por qué, entonces, sigo viendo en las carreteras a perros como yo, atropellados?
¿Por qué en las calles hay tantos que, como yo, caminan asustados entre las piernas de los transeuntes esperando una simple caricia?
Tenemos sentimientos.
No todos los humanos son iguales:
http://www.nomeabandones.org/b2evo/blogs/index.php?blog=6
He vuelto. Siempre se vuelve.
De una manera o de otra, echamos la cabeza hacia detrás, aún a riesgo de convertirnos en estatuas de sal.
A fin de cuentas, eso es lo que realmente necesitaba: sal.
Cuando estamos, queremos irnos y cuando nos vamos, regresar.
Regresar porque nos falta el aire verdadero.
A mi me faltaba el aire verdadero, que ya no está.
Pero yo si.
Yo estoy todavía y eso ya es un motivo para seguir respirando.
Y aquí, de vez en cuando, todavía huele a sal.
No tengo a nadie en quien pensar.
Ya nadie piensa en mi.
No están.
No, ya no están.
No queda nadie que piense en mi.
No están para pensar en mi.
Pero no falta nadie ni un instante, siempre al acecho de cualquier descuido.
Disimulados a la vuelta de cualquier esquina que, sin querer, va doblando poco a poco mi corazón.
"¿Te has comido a Miliky esta mañana? es que como te veo tan contento"
(Anónimo. Escuchado esta mañana en el bar de Rafa).
Cuando nos encontramos bastó dejar la vida en blanco, como una pared recién encalada.
Me contaron que existe un movimiento ¿cultural? llamado “slow”. Hay que entender un poquito de inglés, no mucho, para saber que significa “despacio”, “lento”. Dicen que lo inventó un periodista italiano que se rebotó cuando instalaron un Mc’donald en la Plaza de España. El hombre montó en cólera porque decía, y no sin razón, que “¡Lo que nos faltaba, un sitio de comida rápida, con lo bien que se come en estas latitudes!” así comenzó primero la filosofía de la “slow food”, comida lenta, que promulgaba los principios básicos de sentarse a la mesa a disfrutar de los sabores de un buen plato preparado con tiempo, con unos ingredientes tan maravillosos como los que tenemos en la cocina mediterránea...vamos, que se puso a hacer apología de la importancia de comer en condiciones y de ahí derivó la película en todo un sentimiento de tomarse la vida con calma.
Claro, siempre ocurre lo mismo: los humanos se atribuyen los descubrimientos porque son capaces de transmitirlo a sus iguales o bien, que digo yo, porque siempre necesitan del reconocimiento de los demás. Todo eso del slow ya estaba inventado hace años, muchísimos. Por supuesto que es cosa de nosotros los perros...a ver si no quien se toma las cosas como nos las tomamos nosotros. Un perro sabe, desde que nace, lo que quiere y cómo lo quiere. Lo importante es el momento. Es por eso que somos felices. Si existen perros infelices, deprimidos o desgraciados siempre es por causas ajenas a nuestra voluntad, siempre originados por los que se dicen en llamar nuestros mejores amigos, si, si, los humanos.
En condiciones normales, como es mi caso, con una familia-manada en la que soy una más con mis derechos y mis deberes, no necesito nada más...¡ojo, ni nada menos! Luego dicen de nosotros que siempre somos complacientes y cariñosos. A ver, si cuando me despierto por las mañanas, estiro mis músculos y bostezo, me encuentro con mi madre, legañosa perdida pero con el tono dulce de voz que me invita a desayunar. ¡Quién va a negarse! La saludo moviendo el rabo, que sé que le da alegría y como mientras ella se toma el colacao. Después me doy mi paseo por las calles, compruebo con mi nariz que todo está en orden, hago mis necesidades, las mismas que tenemos todos, pero con la diferencia de que como no hay cuartos de baño para perros, mis padres tienen que recoger mis cacas en una bolsita. Por cierto, que a veces no sé a quién pasean, si a la mierda o a mi, porque como no encuentran papeleras por ninguna parte, van con la bolsa en la mano hasta que encuentran una donde echarla.
En fin, que llevo una vida perra: comer, dormir, cagar (¿prefieres que diga defecar?) lo suyo. Lo mío. Cuando quiero jugar no tengo más que coger mi pelota y colocarla a los pies de algún miembro de la casa; que una caricia, arrimo el hocico a la primera mano que me encuentro.
Lo del slow solo nos lo están intentando copiar y ¿sabes? a ver si es verdad y todo el mundo se decide a vivir una vida perra como la mía, sin alterarse, sin prisas, sin aspavientos. En presente.
Otro día hablaré de la siesta, ahora tengo ya demasiado sueño para seguir escribiendo, mi cojín me espera.
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Es la sorpresa ante lo desconocido. Abres los ojos sin querer que se note. Es imposible, te ocupan toda la cara. La boca abierta, como una tonta. Cerrada, queriendo parecer lista.
La primera vez estás sin estar; viviendo en una dimensión reinventada. Nueva para ti. Única para todos.
Igual que para todos.
La primera vez la sigues. Y la consigues.
Ya no hay más primera vez.
Hasta la próxima primera vez.
Los fines de semana llegan como el viento de Levante: te revuelven las calles de tu ser levantando papeles hasta la cabeza y se van dejándote abotargada, sin saber muy bien lo que ha pasado ni cómo ha pasado.

Al poco de nacer me abandonaron. Aprendí a esquivar a quien no me interesaba. Pasaba entre los pies de la gente sin que se apercibieran siquiera de mi presencia. Aprendí a ser invisible. Aparecía únicamente cuando el hambre apretaba y entonces me dejaba ver entre las mesas de los bares poniendo caritas. Casi siempre aparecía un pedazo de pan, una patata, un chicharrón o un pico mojado en tomate. Precisamente en una de esas es donde encontré a mi humano. Tenía cara de buena persona, paseaba a dos congéneres míos y supuse que la comida no iba a escasearme con él. No me equivoqué. Los perros, dicen, tenemos el olfato muy desarrollado. Desde entonces no paso hambre, ni sed. De ningún tipo.
Esta mañana, bien temprano, apenas un frugal desayuno, me dirigí al centro a pasear. Al pasar por el Ayuntamiento me detuve un instante, la puerta estaba llena de policías; policías de los de aquí y de los nacionales. Una valla separaba la puerta del resto de la calle. “¿Qué ocurrirá aquí?”-me pregunté. Un esquivo por aquí, una carrerita por allá. Ni se enteraron que me colé dentro. Además de olfato, los perros tenemos una curiosidad innata, algo que es superior a nosotros mismos y a la educación que pretendan darnos los humanos.
Había pleno municipal. El último antes de las vacaciones de verano. Supuse que, siendo así, y habiendo como hay una mayoría absoluta de un partido y que todos los puntos del orden del día ya estaban aprobados de antemano, decidí quedarme en aquella hermosa sala de techos altísimos donde se estaba la mar de bien. Fresquita y a la sombra.
Lo cierto y verdad es que estaba lleno de personas: en alto los responsables de nuestra administración, en el público eso, público. Y al fondo, sobre unas tarimas, los periodistas que colocaban cables en sus enchufes, cámaras en sus trípodes y bolígrafo en mano se disponían a tomar notas del evento. Como quiera que la tarima está recubierta de una moqueta, me acomodé entre las piernas de dos jóvenes becarias que todavía no han aprendido que en la profesión del periodismo no son compatibles los tacones y menos tan altísimos como aquellos. Ni se enteraron de mi presencia.
Se abrió la sesión y la distensión inicial de unos y otros se trasformó en un ambiente enrarecido que ocupaba toda la estancia ¡Y mira qué es grande!
No entendía nada. Bien es cierto que soy una perra y que jamás me ha interesado la política pero pensaba que estas reuniones eran algo así parecido a cuando en casa nos juntábamos toda la manada para organizar nuestras actividades diarias y hacer planes. Verdad es que cuesta poner de acuerdo a los humanos, nosotros, los perros, nos limitamos a mirar a unos y otros y dormitar cuando se callan. Y eso es lo que hacían en el pleno pero mientras otros hablaban, mejor dicho, tomaban la palabra: dormitaban. Digo tomaban y lo digo a conciencia porque cuando un concejal encendía su micrófono era como si tomara las armas para una batalla campal, pero sin la emoción de las películas de guerra. De un bando a otro se cruzaban miradas de complicidad, se reían como niños pequeños y, algunos, los más descarados, se levantaban de sus asientos y volvían pasados unos minutos. Que digo yo que no iban a beber agua porque a nadie le faltaba su vaso sobre el pupitre, que aquello era como un colegio de niños grandes.
Pero lo más curioso es que no discutían, aunque pudiera parecerlo, los asuntos de la ciudad, no. Se le iban los tiempos de las intervenciones en “matizar”, decían, aspectos de la redacción de tal o cual propuesta. Hubo un momento ¡qué digo momento si tardaron tres cuartos de hora en aprobar ese punto! en el que tanto el grupo del gobierno como el de la oposición se “alegraron mutuamente de la alegría del uno y del otro”, vamos, que hasta para estar de acuerdo debatían. A algunos se le olvidaba el protocolo o, en ese afán infinito de llegar al pueblo con populismos populares,-o bien, me temo, que no saben utilizar el idioma- porque llegaron a mezclar el usted requerido con el tu más campechano, que me parece genial para el aperitivo que se toman juntos en el bar de enfrente, pero no para una sesión plenaria y hubo una concejala que se pasó media hora hablándole a la oposición de “ustedes vosotros”. Eso si, otro representante de la ciudad no dudó en corregir a su contrincante en la palestra a la hora de dirigirse al presidente como “alcalde en funciones” porque la alcaldesa se había ausentado unos instantes: Es presidente y no alcalde-le dijo, luego se dedicó a lanzar una perorata sobre el consabido dicho de “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid” y resultó ser que el susodicho río al final era más grande que el Amazonas y pasaba por España entera. Interesante clase de geografía. Me hubiera gustado un poquito de más originalidad, algo que no fuera tan tedioso. Si, aburrido hasta decir basta. Incluso para mi, una perra feliz que asistía desde un rincón ya estirada sobre el suelo, más fresquita todavía. La chica de tacones infinitos ya se había marchado, los demás hacían gestos de largarse. Impertérritos los de la emisora del ayuntamiento que, bastaba verles las caras, tenían que aguantar el chaparrón las horas que fuesen necesarias. Mejor dicho, innecesarias. ¡qué absurda manera de perder el tiempo! Me di la vuelta, patas arriba y cerré los ojos un ratito. Siguieron sin darse cuenta de mi presencia.
Los humanos son harto raros las más de las veces. Se visten con chaquetas y corbatas, tacones y faldas sin prestar atención a los termómetros. Se colocan circunspectos en una silla y se creen que por hablar en tono solemne ya lo que dicen es serio. Escriben o les escriben discursos decimonónicos con palabras rimbombantes que les hagan parecer inteligentes a los ojos del no leído y se quedan tan anchos...y tan panchos.
Me fui tal como vine: un esquivo aquí, una carrerita allá y ya estaba de nuevo en la calle.
Mis padres dicen que me falta hablar. Calla, calla, que ya lo dice el refrán: “perro ladrador, poco mordedor”.
Lo mío no es la informática. Te recuerdo que soy una perra. Feliz si, pero nula para estas cosas. Creo que en esta foto se me ve bastante mejor.
Nicole Kidman ha tenido una niña creo, y le ha puesto un nombre así como Sunday Rose, que traducido resulta: Domingo Rosa. Mi madre adoptiva - entre nosotros algo extrafalaria - dice que siempre estoy en medio, como los jueves y que yo no voy a ser menos que la niña de Nicole Kidman ¡vamos, hasta ahí podíamos llegar! ¡Y me llama Laura jueves! También me llaman Laurita preciosa, Laurigüey, Laurencia...y otras cosas que solo ellos entienden, eso si, siempre en un tono empalagosamente cariñoso...¡Qué le vamos a hacer, son solo humanos! Yo respondo con lametones que les hacen reir. Es lo que tiene ser una perra, que siempre sabes como hacerles felices.
Si, esta soy yo: Laura.
¿Te parece raro que me llame así? ¡Cosas más raras se han visto! A mi me gusta. No es como te llames, es como te sientas con tu nombre. El mío es de triunfadora. Porque yo soy una perra triunfadora. Triunfadora y feliz. Llevo poco tiempo en este mundo pero ya he aprendido de la vida: el miedo, el abandono y el amor. Por este orden. Soy una perra enamorada. Y eso ya es un triunfo ¿no crees?